miércoles, 16 de diciembre de 2009

EN LA AGENDA DE LA IGLESIA ¿QUÉ ES URGENTE Y QUÉ IMPORTANTE?

Desde hace algunos años los profesionales de la planificación y los grandes tomadores de decisiones en las organizaciones han venido entendiendo la diferencia entre los asuntos que son urgentes y los que son importantes. La diferencia conceptual es grande, y mucho más grande es la diferencia de sus productos. Lo urgente es lo inmediato, lo que tenemos al frente y nos preocupa atender. Son aquellos asuntos que nos angustian. Lo importante es imprescindible, no podemos dejarlo en segundo plano, si no hacemos lo importante no resolvemos las cosas desde su raíz. No nos da frutos de inmediato, pero resuelve las causas de las situaciones.

Cuando los obreros del Reino atendemos solamente los asuntos urgentes, y conforme se van presentando, sentimos que trabajamos mucho pero avanzamos muy poco. Esta sensación es verdadera en la medida que atendemos desorganizadamente las cosas conforme se van presentando y, aunque las resolvemos una que otra, al no trabajar sobre aquellas cosas que las causan, los problemas persisten una y otra vez.

Entonces, atender con urgencia los efectos de los problemas podría parecer necesario y justificable sin duda, pero debemos ser conscientes que estas urgencias, y sobre todo nuestra total dedicación a ellas, no nos llevan a resolver las situaciones que tanto nos agobian. Podríamos seguir trabajando sin descanso el resto de nuestras vidas atacando urgencias en las iglesias, y las cosas seguirían igual, o peor. Entonces ¿Qué hacer?

La respuesta está en reconocer sabiamente como iglesia qué es lo importante en este momento de la historia. La atención sobre lo importante, a diferencia de atender solo lo urgente, nos permite dar saltos cualitativos en nuestro trabajo e ir resolviendo causas de las situaciones y no solo sus efectos.

Este es exactamente el caso de la niñez. Por tener la iglesia cientos de asuntos urgentes por resolver no existe tiempo ni recursos para atender la situación importante como la niñez y su correcta formación, su protección y su desarrollo (recordemos Mateo 18:1-5, 10-11) La incorrecta reflexión de la iglesia, especialmente la iglesia local, es que la niñez puede esperar; de por sí, ellos son del futuro.

Estratégicamente es una reflexión errónea, y nos ha mantenido por muchos años desgastándonos corriendo en la resolución de cosas urgentes olvidando las importantes. Si nos esperamos al futuro de la niñez (que es la adultez), tendremos entonces las iglesias llenas de personas agobiadas y desgastadas que nos costarán mucho más restaurar y discipular.

Lo importante es darle a la niñez en la sociedad, dentro y fuera de las congregaciones, las oportunidades para que conozcan y vivan el Reino de Dios y su justicia desde temprano, no sólo con palabras, sino también con hechos y programas integrales que les testimonien que son muy importantes dentro del Plan de Dios. Esperarnos a que sean adultos y lleguen a las iglesias cargados de las consecuencias de lo que no invertimos en ellos es un error imperdonable. Tal vez, ya siendo adultos, ya no tendrán interés de llegar a una iglesia!

Trabajar desde muy tempranas edades con las personas, y en el contexto de su familia, es lo más importante en la iglesia. Esto nos permitirá tener garantizada una población de miembros y líderes en las congregaciones capaces de conducir los procesos de evangelización de adultos que nos urge emprender. Cuando una persona entiende desde pequeña que la iglesia le pertenece nunca se separará de ella. Cuando un niño entiende que no es importante en la iglesia, casi no tendremos la oportunidad de llamarlos y conservarlos para el Reino de Dios.

Entonces iglesia, invirtamos nuestros recursos en lo importante, y en el futuro tendremos pocos asuntos urgentes.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

TLC PARA COSTA RICA? Un asunto de modelos

(...a propósito de la ratificación del TLC en Octubre del 2007)

Por muchos meses los costarricenses hemos escuchado argumentos a favor y en contra de la ratificación en el Congreso del Tratado de Libre Comercio con el país más adelantado en materia de producción y comercialización en el mundo. Semejante alianza estratégica no es para tomarla a la ligera, por las profundas implicaciones positivas y negativas que esto va tener en Costa Rica.

Sin embargo, la clase política y dirigente del país (dígase los gobernantes, los partidos políticos, los grupos de presión de todos los sectores, sindicatos, etc.), nos han dejado en el camino hacia el referéndum una deuda histórica en el análisis de las variables, las conclusiones y las recomendaciones integrales sobre la conveniencia o no del TLC. Esta deuda es producto de que no nos han aportado elementos sustanciales para la definición de un marco o modelo de desarrollo nacional contra el cual deberíamos evaluar la conveniencia de este paso comercial trascendental. Solo hemos hablado del impacto de un tratado.

Hemos omitido discutir juntos, debatir nacionalmente, sobre la pregunta más importante del análisis: ¿contra cual modelo de desarrollo debemos evaluar la propuesta del TLC? Y es que, si no tenemos primero el marco de comparación, jamás nos pondremos de acuerdo sobre este, ni sobre ningún otro tema trascendental para el futuro del país.

El punto es que Costa Rica carece de una visión estratégica de su futuro en el mediano y largo plazo, lo que provoca que en el corto plazo las decisiones se tomen con una visión miope, de impacto segado para unos pocos, carente de una coherencia exigida en el análisis de temas pilares del desarrollo nacional.

Esta ausencia de modelo de desarrollo nos ha llevado a reducir el añorado diálogo nacional a esbozos de explicación de posiciones particulares (en apariencia irreconciliables), de algunas de las fracciones interesadas en el tema.

Este es un buen momento en el país para ponernos de acuerdo en las bases de un modelo nacional de desarrollo el cuál tiene orientar cuáles alianzas estratégicas nos convienen, pero también qué modelo educativo nos dará las ventajas competitivas del futuro, cómo podemos utilizar inteligentemente nuestro desarrollo agrario para sostener el desarrollo tecnológico, qué inversión en salud ó investigación tecnológica debemos promover, cómo descentralizar el poder hacia los gobiernos locales para democratizar el desarrollo, cómo defender nuestro patrimonio nacional, etc.

Si Costa Rica renuncia a tener una visión de futuro, nos deja a merced de grupos de intereses parcializados en su bienestar particular y en donde, cualquier grupo de se sienta ganador de la consulta del referéndum debe saber que, lo que está logrando, lo hace en perjuicio de sectores claves necesarios para un desarrollo nacional integral, democrático y sostenible.

Costa Rica sabe que puede hacer las cosas de diferente manera. Sabemos los costarricenses que podemos salir adelante valientemente, como una nación madura, a enfrentar los retos de la historia. El 7 de octubre debemos ir más allá de definir nuestro destino por convenios, tratados o protocolos internacionales. Sea cual se el resultado, debemos estar orgullosos de nuestra democracia y hacer el esfuerzo de sostenerla visionando estratégicamente más allá del TLC. Sepamos ser libres y tener una identidad por encima de las circunstancias, sepamos decidir pensando en nuestros hijos y nietos, en la colectividad, y no solamente en qué me interesa a mí, ahora.

LA PASIVIDAD PONE EN PELIGRO LA DEMOCRACIA COSTARRICENSE

Una democracia es un sistema que favorece la participación como una forma de desarrollarse y garantizar el bienestar de las mayorías. Como cualquier otro sistema, una república democrática está integrada de múltiples variables que la hacen compleja. Es por esto, que para su sobrevivencia, requiere de una renovación permanente, de mecanismos que le permitan tender a un equilibrio evitando las situaciones extremas, y de una direccionalidad (o modelo) que indique cuál es el rumbo que el sistema busca por su propia naturaleza. Todo esto, requiere de la participación de todos.

Como sistema, Costa Rica ha venido mostrando signos preocupantes que podrían evidenciar que el país ha venido desgastando su democracia, y que requiere de cambios profundos y urgentes si deseamos conservar los valores más importantes de nuestra Nación. Una lectura de las últimas décadas nos enseña que no hemos sido capaces de renovarnos estratégicamente, sino que actuamos muy lentamente, más por reacción al entorno que por una dinámica propia inspiradora de nuestro desarrollo. Con una paciencia exacerbante, hemos visto cómo reformas políticas y sociales, así como reformas productivas y tecnológicas, están tomando mucho más del tiempo oportuno.

Los mecanismos nacionales para lograr un relativo equilibrio han mantenido al país con cierta paz social, pero hemos abusado de la relativa estabilidad al buscar siempre las mismas respuestas y las mismas acciones, con un temor poco sabio al cambio. Pareciera ser que buscamos el equilibrio como un fin en sí mismo, y no como un espacio para promover una dinámica de cambios estratégicos paulatinos, aprovechando el momento histórico.

Hoy en día, observo fisuras dentro del equilibrio del sistema que podría achacar a la falta de liderazgo del Estado, pero también, a la poca participación ciudadanía en temas los trascendentales. El ciudadano promedio en Costa Rica le delega, o cede a otros, las decisiones clave sobre su bienestar y sobre sus intereses. Pero lo hace no por sentirse representado en otros, sino porque no tiene interés de involucrarse directamente, de participar en definir su propio destino.

El principio de aislarnos, y salir a defendernos solo cuando afectan nuestro bienestar individual (o ni aún así), es lo que hace a una nación ingobernable. El individualismo es la expresión de la ausencia de una visión de comunidad. Y “comunidad” solo se entiende, cuando se tiene como sociedad una direccionalidad común, una agenda de todos y para todos, a la cual apoyamos cediendo espacios de interés propio por los de la mayoría. Y en todo esto, la participación es la clave.

Debemos observar ejemplos de sistemas democráticos en América Latina en la última década, quienes justificaron un giro radical de una democracia participativa hacia el autoritarismo, por la necesidad de poner en orden la ingobernabilidad, la inseguridad ciudadana y la corrupción. Estos líderes, para llegar al poder, contaron con sendos respaldos populares por el hastío del pueblo en la ineficiencia de la clase política tradicional para resolver esto.

¿Existe alguna alternativa para el sistema democrático costarricense? Tenemos una gran oportunidad de cara al siglo XXI. La esperanza para el fortalecimiento de nuestra democracia reside en la construcción, por todos los actores sociales, de una dirección común, una visión amplia de la Nación que vamos a fortalecer, con grandes aspiraciones para la solución de los problemas añejos, y basada en la sabia tradición y los valores de nuestro pueblo. Un modelo con identidad costarricense.

Necesitamos de un propósito común para el desarrollo nacional, con metas pactadas de largo plazo y defendidas por encima de los intereses particulares, que aunque muy válidos, se vuelven mezquinos ante los grandes temas y los problemas nacionales. La participación de todos los sectores de ciudadanos sería el motor dinamizador de estos cambios de paradigmas.

Que no pasemos a la historia como una generación pasiva e incapaz de liderar un cambio urgente, sin arriesgar la democracia. Que nos recuerden como los que tuvieron que hacer el sacrificio de cambiar hoy, por el bienestar de una democracia fortalecida mañana y siempre.

En el Reino de Dios, lo pequeño es grande!

“De la boca de los niños, y de los que aún maman, fundaste la fortaleza por causa de tus enemigos, y para hacer callar al enemigo y al que quiere vengarse” (Salmo 8:2)

No terminaremos de comprender nunca las profundas verdades de las buenas nuevas del Reino de Dios. El Señor, a través de su Hijo Jesucristo, estableció una forma correcta de hacer las cosas, nos enseño su voluntad y nos sorprendió cuando de lo despreciado hizo algo bueno; exaltó a los humildes invitándolos a estar en la mesa principal; tuvo compasión de los que estaban cautivos y los hizo libres; sanó a los que estaban enfermos y los invitó a ser parte de la comunidad; dio de comer al hambriento y lo dignificó; y de lo pequeño hizo algo grande.

La iglesia de Cristo hoy en día está cometiendo un error en la lectura del Reino; ve a la amada del Señor con ojos humanos, entonces entiende que lo importante son los templos, el nombre o título de los líderes, el número extraordinario de miembros de las congregaciones, el uso de tecnología de punta, el mercadeo eclesiástico, o la exaltación de la capacidad económica. El Reino plantea otra cosa.

La batalla está dispuesta desde el principio de los siglos y no es contra sangre ni carne, sino contra principados y potestades. Dios tiene un enemigo y no descansará en su afán por destruirnos contundentemente. Entonces, en los días de batalla, si creemos que lo que nos hace fuertes son las edificaciones, las ofrendas, o el nombre de nuestros líderes, estamos perdidos. Dios nos enseña otra forma de batallar.

Es a través de lo más pequeño (y constantemente despreciado) que tendremos la fortaleza. Es cuando volvamos los ojos para proteger, desarrollar y dignificar a los más pequeños que podremos contar con una fortaleza para protegernos y para ir a la batalla. Es una iglesia preparada desde sus primeras etapas de vida que podremos ser fuertes como un todo.

Es en la credulidad, la confianza, la fe de los pequeños, su obediencia, su sencillez, su amor desinteresado, que Dios construirá una fortaleza. Dios tiene un plan para los niños y las niñas, los creó con un propósito. Nos toca a los adultos aprovechar esta ventaja y trabajar por su protección, su desarrollo y crear las condiciones para que Dios cumpla su plan perfecto para sus vidas. Eso sí, de todos y cada uno de ellos, dentro y fuera de las congregaciones.

La forma en que Dios quiere hacer callar a los enemigos y detener al que quiere revelarse contra Él, es trabajando desde los más pequeños, preparándolos para la batalla. El Reino de Dios se fundamenta en pequeños preparados, protegidos, desarrollados plenamente y listos siempre para todas las batallas a favor de la obra de Dios. Es cuando los protegemos como iglesia, cuando velamos por ellos desde que son engendrados en sus madres, y hasta que son líderes incondicionales del evangelio, que se gesta la victoria y la fortaleza contra el enemigo.

Pero algunas veces hacemos lo contrario. Si en las calles siguen habiendo niños y niñas, si se les sigue abusando físicamente y laboralmente, si se les sigue marginando en las comunidades y hasta en las congregaciones, éstas son señales inequívocas de una iglesia negligente que ha entendido muy poco de lo profundo y trasformador que es el Reino de Dios. Cambiar esto es imperativo para llevar las buenas noticias a todos los rincones de la tierra.